martes, 18 de junio de 2013

El baile y el salón

Autobiografía tres:

“La vida es un gran baile y el mundo es un salón y otras parejas bailando a nuestro alrededor”
Café Tacuba
Re

Dicen que bailar es hacer el amor de pie. Cuando uno baila intima de manera tan implicada como si tuviera sexo: olores, fluidos, ritmos y pulsaciones y creo que por eso, en muchos casos bailar requiere de tomarle gusto a esa ceremonia donde se comparte el cuerpo. Yo bailo salsa porque es lo que he aprendido luego de nueve meses de estar viviendo junto a porteños colombianos que llevan la agitación en la sangre. Pese a eso, siempre me tenido la certeza de que soy muy torpe con el cuerpo. Quizá me estoy remitiendo a una infancia donde era más que otra cosa,  una niña de sombra, una niña que jamás aprendió a nadar o a usar la bicicleta, una niña teórica.
En la pista de baile, poco a poco hay movimiento. Primero nadie parece muy interesado en nada mientras todos observan con desgana a los demás. Para empezar a bailar hay que romper el hielo, siempre  hay una pareja valiente que más que talento tiene impulso. Luego llegan una segunda,  una tercera y luego todos están ya bailando. Una de las cosas que también he aprendido con respecto a la libertad de mi cuerpo es que puedo sacar a bailar a quien quiera. En esta lid donde a las mujeres nos ha tocado ganarnos un espacio en el cual hacer nuestra voluntad, me acojo a la licencia del baile.
Y voy por los hombres: elijo a uno barbado, de camisa a cuadros y pelo rojizo. Sé que viene de otro lado, se le nota porque hace lo posible por no despegarse de sus amigos, también extranjeros. Es español, se llama Pablo. Se mueve bien para ser de una tierra donde la mayoría de las personas tienen la agilidad de una tabla. Pero se inquieta, hay cierta química y Pablo quiere tener una noche tranquila, nada más. Se lo piensa y me dice gracias.
Luego doy con un hombre alto de cabello largo, me recuerda un poco a un ex de Costa Rica al que quise mucho. En un lance de nostalgia le pido una pieza. Este hombre, en cambio se mueve lento, de forma más bien clásica, mi ritmo es acelerado y el de él es como el fluir del agua. Luego de un par de movimientos sabemos que no vamos, pero yo me esfuerzo por calzar y  logramos terminar la melodía. Le comento que es divertido notar como a pesar de que escuchamos lo mismo, todos nos movemos de manera diferente. Él dice que no sea intelectual y es verdad,  la razón debe parar y dejar que otras partes sean las que hablen.
Y sigo eligiendo hombres, un mulato alto, uno corpulento calvo y voluminoso, uno menudo que hace muchas piruetas con el que sorprendentemente voy a tono, uno que es como una roca y que me separa y me acerca a él con violencia… un desfile de pieles y de humores. Al final se acerca ya la media noche y el cuerpo se cansa. Me duelen los pies y es necesario beber algo que contrarreste tanta aceleración. Tomo cerveza porque no puede ser de otra manera y brindo a salud del bicho de Lavoe.

Pero siempre viene una pieza que nos gusta, una canción que quisiéramos bailar con alguien con quien moverse no sea traumático o un duro empeño, sino más bien un placer y una alegría intestinas. Ahora suena esta tonada y luego esta otra y entonces sabemos que fuera de la pista somos solo seres vulnerables tras escritorios o pupitres, personas que temen exponerse y lucir vulnerables, seres a quienes se les va en tiempo postergando salvo cuando follan o bailan. Es verdad, si nos ponemos a pensarlo más allá está el amanecer, el paso de las horas y la muerte, pero eso vendrá luego. Mientras, suena música y nosotros bailamos.

lunes, 17 de junio de 2013

Así en el amor, así en la guerra.




Pocos lo conocen, pero cuando las mujeres se reúnen y la noche se presta para confesiones, ellas enseñan los trofeos producto de las batallas de su amor: unas muestran servilletas, palillos de dientes, botones que fueron arrancados a aquellos que quisieron. Algunas coleccionan pelos rojos, trozos de uñas blanquísimas, pestañas doradas, ciertas medias que ellos creen perdidas pero no, han ido a parar a las secretas compilaciones de pudorosas señoritas y abuelas. Otras, las lascivas, coleccionan mordidas, marcas, arañazos, escaldaduras y dolores musculares, pero hay otras, las menos, que engrosas su colección con la cabeza de sus amantes, que dejan  sanas y salvas sobre sus cuellos, mientras ellos vagan vivísimos, por las  agrestes avenidas de las ciudades, corriendo, saltando en libertad, creyendo candorosamente que fueron ellos los cazadores y no los cazados.