Autobiografía tres:
“La vida es un gran baile y el mundo es un
salón y otras parejas bailando a nuestro alrededor”
Café Tacuba
Re
Dicen que bailar es hacer el amor de pie. Cuando uno baila intima de
manera tan implicada como si tuviera sexo: olores, fluidos, ritmos y
pulsaciones y creo que por eso, en muchos casos bailar requiere de tomarle
gusto a esa ceremonia donde se comparte el cuerpo. Yo bailo salsa porque es lo
que he aprendido luego de nueve meses de estar viviendo junto a porteños
colombianos que llevan la agitación en la sangre. Pese a eso, siempre me tenido
la certeza de que soy muy torpe con el cuerpo. Quizá me estoy remitiendo a una
infancia donde era más que otra cosa,
una niña de sombra, una niña que jamás aprendió a nadar o a usar la
bicicleta, una niña teórica.
En la pista de baile, poco a poco hay movimiento. Primero nadie parece
muy interesado en nada mientras todos observan con desgana a los demás. Para
empezar a bailar hay que romper el hielo, siempre hay una pareja valiente que más que talento
tiene impulso. Luego llegan una segunda, una tercera y luego todos están ya bailando.
Una de las cosas que también he aprendido con respecto a la libertad de mi
cuerpo es que puedo sacar a bailar a quien quiera. En esta lid donde a las
mujeres nos ha tocado ganarnos un espacio en el cual hacer nuestra voluntad, me
acojo a la licencia del baile.
Y voy por los hombres: elijo a uno barbado, de camisa a cuadros y pelo
rojizo. Sé que viene de otro lado, se le nota porque hace lo posible por no
despegarse de sus amigos, también extranjeros. Es español, se llama Pablo. Se
mueve bien para ser de una tierra donde la mayoría de las personas tienen la
agilidad de una tabla. Pero se inquieta, hay cierta química y Pablo quiere
tener una noche tranquila, nada más. Se lo piensa y me dice gracias.
Luego doy con un hombre alto de cabello largo, me recuerda un poco a un
ex de Costa Rica al que quise mucho. En un lance de nostalgia le pido una
pieza. Este hombre, en cambio se mueve lento, de forma más bien clásica, mi
ritmo es acelerado y el de él es como el fluir del agua. Luego de un par de
movimientos sabemos que no vamos, pero yo me esfuerzo por calzar y logramos terminar la melodía. Le comento que
es divertido notar como a pesar de que escuchamos lo mismo, todos nos movemos
de manera diferente. Él dice que no sea intelectual y es verdad, la razón debe parar y dejar que otras partes
sean las que hablen.
Y sigo eligiendo hombres, un mulato alto, uno corpulento calvo y
voluminoso, uno menudo que hace muchas piruetas con el que sorprendentemente
voy a tono, uno que es como una roca y que me separa y me acerca a él con
violencia… un desfile de pieles y de humores. Al final se acerca ya la media
noche y el cuerpo se cansa. Me duelen los pies y es necesario beber algo que
contrarreste tanta aceleración. Tomo cerveza porque no puede ser de otra manera
y brindo a salud del bicho de Lavoe.
Pero siempre viene una pieza que nos gusta, una canción que quisiéramos
bailar con alguien con quien moverse no sea traumático o un duro empeño, sino
más bien un placer y una alegría intestinas. Ahora suena esta tonada y luego
esta otra y entonces sabemos que fuera de la pista somos solo seres vulnerables
tras escritorios o pupitres, personas que temen exponerse y lucir vulnerables,
seres a quienes se les va en tiempo postergando salvo cuando follan o bailan.
Es verdad, si nos ponemos a pensarlo más allá está el amanecer, el paso de las horas
y la muerte, pero eso vendrá luego. Mientras, suena música y nosotros bailamos.

