Pocos lo conocen, pero cuando las mujeres se
reúnen y la noche se presta para confesiones, ellas enseñan los trofeos
producto de las batallas de su amor: unas muestran servilletas, palillos de
dientes, botones que fueron arrancados a aquellos que quisieron. Algunas
coleccionan pelos rojos, trozos de uñas blanquísimas, pestañas doradas, ciertas
medias que ellos creen perdidas pero no, han ido a parar a las secretas compilaciones
de pudorosas señoritas y abuelas. Otras, las lascivas, coleccionan mordidas,
marcas, arañazos, escaldaduras y dolores musculares, pero hay otras, las menos,
que engrosas su colección con la cabeza de sus amantes, que dejan sanas y salvas sobre sus cuellos, mientras
ellos vagan vivísimos, por las agrestes avenidas
de las ciudades, corriendo, saltando en libertad, creyendo candorosamente que
fueron ellos los cazadores y no los cazados.

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