lunes, 17 de junio de 2013

Así en el amor, así en la guerra.




Pocos lo conocen, pero cuando las mujeres se reúnen y la noche se presta para confesiones, ellas enseñan los trofeos producto de las batallas de su amor: unas muestran servilletas, palillos de dientes, botones que fueron arrancados a aquellos que quisieron. Algunas coleccionan pelos rojos, trozos de uñas blanquísimas, pestañas doradas, ciertas medias que ellos creen perdidas pero no, han ido a parar a las secretas compilaciones de pudorosas señoritas y abuelas. Otras, las lascivas, coleccionan mordidas, marcas, arañazos, escaldaduras y dolores musculares, pero hay otras, las menos, que engrosas su colección con la cabeza de sus amantes, que dejan  sanas y salvas sobre sus cuellos, mientras ellos vagan vivísimos, por las  agrestes avenidas de las ciudades, corriendo, saltando en libertad, creyendo candorosamente que fueron ellos los cazadores y no los cazados.

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