Le envío a Oscar una foto de mi espalda y de mis nalgas desnudas reflejadas en un espejo. Como siempre pasa entre nosotros, la conversación previa a estos gestos míos, que si no fueran dedicados a Oscar me parecieran más vulgares que seductores, hay diálogos llenos de sarcasmo, ternura, socarronería y cálculo.
- Te he enviado una foto desnuda, ¿o hubieras preferido que te envíe un poema?- le digo, hincándole los dientes, buscado lo afilado de su lengua para que me muerda.
Y el se ríe, esa risa que merece todas las guerras armadas en la tierra, los toneles de vino y sangre derramada, los pueblos arrasados hasta los cimientos, una risa oscura y dulce donde el el fondo se escucha el llamado fatal de los hombres sirena, quienes terminan degollando entre lágrimas a las mujeres que fueron en su búsqueda.
- Amor de mis vidas, lo que me has enviado, ya es un poema.
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