Tengo nauseas. La nausea es como un recuerdo, como
una musiquita de fondo que no se va desde hace algunos días. Como con nauseas y
duermo con nauseas. También el viernes bebí seis cervezas con nauseas y bailé,
pero la nausea solo se arrincona. Si no
es la nausea es la ira, la furia que lo toma todo y lo hace ver dramático.
Merri Torras, la gran Merri Torras de Barcelona, quien ama a los cuerpos como son, me dijo que
estamos acostumbrados al silencio del cuerpo como si eso estuviera bien y que
no es así, que el cuerpo debe hablar. Vomito. Vomito y es detestable. Hago
ruido como si me degollan., como si la vida se me fuera junto con lo que hay
en mi estómago. Mi cuerpo no puede ser
discreto en ninguna maldita cosa. Vomito sopa y pollo y algo que sabe como el
maíz. Vomito y mi garganta queda dolorida. Siguen las nauseas que son como un
estado de iluminación o de conciencia progresada. Las nauseas me han elegido para que mi cuerpo sea su templo, soy su envase elegido. Pariré por la boca a su hijo líquido.
domingo, 28 de abril de 2013
De los hombres no me gusta es que se gastan.
Autobiografía dos
“Por poseer un cuerpo, se paga con el cuerpo”.
Wislawa Szymborska
De los hombres me gusta el pelo,
un pelo frondoso, abundante como una mata copiosa de hojas suaves es una
invitación a hundir las manos en la raíz y agitar hasta que se alborote y se
avive. De los hombres me encantan las orejas rojas, los lóbulos encendidos que
me provoca ensalivar y poner entre los labios. De ellos me cautiva los ojos
expresivos y, eso sí, la nariz debe ser prominente (los grandes hombres
narizones fueron, decía mi padre), una nariz que te permita detener la vista.
De los hombres rara vez me gusta la boca aunque sí es para besar, está bien. La
babilla sí, con su barba corta o con una hendidura profunda donde meter la
lengua. Barba partida, que en realidad no es otra cosa que un defecto genético
y bueno, hacer en esa barbilla una fiesta. Morder y chupar como si fuera una
fruta aunque él se queje o se ría.
De los hombres me gusta el pecho,
ancho y caliente. Si tiene vellos dorados o negros o grises hay que ir y agazaparse
en ese bosque que siempre en el centro tiene un perfume particular, un hombre
huele a sí mismo en el plexo solar, de allí viene el calor y el movimiento. Si
no tiene vellos habrá frío pero una se desliza mejor. De los hombres quiero los
brazos, el músculo del bíceps que se delinea maravillosamente a la menor fuerza
porque ellos suelen ser magros en esa parte. De los hombres me gustan las venas
de los brazos que son raíces suaves que se aprecian bajo la piel. Los dedos largos (me acuerdo de
este ex amante que era pianista y con qué facilidad marcaba la octava en el
teclado, mientras que yo necesitaba las dos manos) Dedos para entrar bien en
agujeros, dedos para succionar.
De los hombres no me gusta el ombligo
porque me recuerda a su madre. Me agradan las caderas, estrechas, que bailen y
que trepen, las piernas largas, incluso mucho más largas como si se tratara de
un muñeco mal dibujado. De los hombres me gusta el sexo, el sabor y el olor del
sexo que es como de madera pero un poco más dulce. Un sexo tan raro es ese, tan
agresivo (la madre de una amiga me contó que al ver la erección de su primer
amante salió corriendo) ¿por qué el sexo de los hombres es tan brutal? Del sexo
de los hombres me gusta el tacto, fuerte en la mano, el juego casi infantil de
bajar y de subir por él, el paroxismo que les causa, la sensación de herida que
deja cuando ha estado entrando y saliendo por bastante rato, es una sensación
de pérdida, de falta incompensable. De los hombres me gustan las rodillas flacas, los pelos de las piernas
que son rizados y negros, siempre feos. De los hombres me gustan los pies, a
veces me dan risa. De los hombres no me gusta que se gastan.
Cuerpo académico
Diez años de estudios de literatura,
cinco años de cátedra de literatura contemporánea, dieciocho años de clases de
letras en institutos, dos años de maestría en estudios hispánicos de letras y
en ninguna circunstancia la palabra ha podido ser más contundente que el cuerpo
físico. Duermo, como, digiero, a veces follo. La vida es bastante vulgar.
Mis hermanos aborto
Autobiografía uno
Mi madre se embarazó una vez: mi madre perdió el bebé, le dijeron que fue varón (no sé cómo mi madre pudo preguntar el sexo de una pequeña cuajada de sangre ni como hubo legradista que lo supiera) Ella le iba a poner el nombre de mi padre.
Mi madre se embarazó una vez: mi madre perdió el bebé, le dijeron que fue varón (no sé cómo mi madre pudo preguntar el sexo de una pequeña cuajada de sangre ni como hubo legradista que lo supiera) Ella le iba a poner el nombre de mi padre.
A veces pienso en mi hermano
aborto. Se llama Joaquín. En un mundo paralelo, mi hermano aborto vive en el extranjero,
en la fantasía inicial vivía en Quito pero ahora que yo estoy en Quito lo he
mandado más lejos. Quizá en Canadá, en una tierra donde hay prosperidad para
gente exitosa y práctica como él que es eficiente en casi todo. Mi hermano
aborto me llama cada cierto tiempo y manda dinero a casa porque ha concluido
que aunque yo sea la hermana que tiene cierto éxito social a nivel de medios,
no tengo en que caerme muerta ni sirvo para nada útil. – ¿Al menos cuidas a
Gladys?-Él la llama Gladys, se fue llamándola mamá y ahora es Gladys como
podría serlo la empleada de una drugstore
con la que trata a diario para pedirle
aspirinas. Costumbres de fuera, así se desentiende de la madre y la vuelve una
mujer lejana y Gladys lo tolera como si fuera un gesto de sofisticación. Mi
hermano aborto me ofrece ir a vivir a otro país con él. Una salida elegante. No
quiero irme. Alguien dijo que el extranjero quedaba muy lejos. Coincido.
Mi madre se embarazó una vez más:
mi madre volvió a perder el bebé (También preguntó el sexo de la masa viscosa
que salió de su útero y hubo alguno que le dijo que era una nena)
Ella le iba a poner su nombre.
Mi hermana aborto es menor que
yo. Tiene quizá unos 25 años y seguramente pertenece a esas asociaciones
religiosas como noviazgo en dios o el verdadero amor espera y es una de esas
personas que se esfuerza por agradar, pero de tanto hacerlo resulta
insoportable. No tiene novio. En ella casi no pienso, lo que sí, no paré de
llorar cuando leí un fragmento de “El orden alfabético” de Juan José Millás
cuando el protagonistas, impedido de asistir al entierro de su abuelo, decide
emprender el viaje hacia allá utilizando un diccionario. Cuando llega a la A de
aborto se topa con su hermana aborto que está contenida dentro de un frasco
quirúrgico. Ambos se miran asqueados. A él, ella le parece repugnante en su transparencia y para
ella, él luce demasiado acabado. No tienen nada de qué hablar salvo de la
familia y es una charla corta.
Mi madre se embarazó nuevamente:
mi madre tuvo contracciones a los siete meses. Nací yo. Cuando salieron de la
habitación de partos un médico le dijo: “Su niña no pasa de esta noche”.
Entonces ella se negó a usar la incubadora y la pasó conmigo, que estaba helada, como si aún no
entendiera que había ya que tomar la temperatura del mundo; me envolvió en tres
mantas, me cantó todas las canciones acumuladas de sus dos hijos muertos y me
calenté. No me morí. Me pusieron el nombre más impronunciable que encontraron.
Yo me embaracé una vez, yo perdí
el bebé.
Yo me embaracé de nuevo, yo perdí
un segundo bebé y empecé a acumular canciones. Entonces mi madre le preguntó al
ginecólogo el sexo de mi hijo aborto. Afortunadamente nadie le contesto.
He aprendido a usar el
diccionario.
Introducción al cuerpo narrativo.
Mi cuerpo: hondonadas,
acantilados, valles, abrojos y espesuras. A sus exploradores les advierto,
sepan que no hay tesoro.
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