Autobiografía uno
Mi madre se embarazó una vez: mi madre perdió el bebé, le dijeron que fue varón (no sé cómo mi madre pudo preguntar el sexo de una pequeña cuajada de sangre ni como hubo legradista que lo supiera) Ella le iba a poner el nombre de mi padre.
Mi madre se embarazó una vez: mi madre perdió el bebé, le dijeron que fue varón (no sé cómo mi madre pudo preguntar el sexo de una pequeña cuajada de sangre ni como hubo legradista que lo supiera) Ella le iba a poner el nombre de mi padre.
A veces pienso en mi hermano
aborto. Se llama Joaquín. En un mundo paralelo, mi hermano aborto vive en el extranjero,
en la fantasía inicial vivía en Quito pero ahora que yo estoy en Quito lo he
mandado más lejos. Quizá en Canadá, en una tierra donde hay prosperidad para
gente exitosa y práctica como él que es eficiente en casi todo. Mi hermano
aborto me llama cada cierto tiempo y manda dinero a casa porque ha concluido
que aunque yo sea la hermana que tiene cierto éxito social a nivel de medios,
no tengo en que caerme muerta ni sirvo para nada útil. – ¿Al menos cuidas a
Gladys?-Él la llama Gladys, se fue llamándola mamá y ahora es Gladys como
podría serlo la empleada de una drugstore
con la que trata a diario para pedirle
aspirinas. Costumbres de fuera, así se desentiende de la madre y la vuelve una
mujer lejana y Gladys lo tolera como si fuera un gesto de sofisticación. Mi
hermano aborto me ofrece ir a vivir a otro país con él. Una salida elegante. No
quiero irme. Alguien dijo que el extranjero quedaba muy lejos. Coincido.
Mi madre se embarazó una vez más:
mi madre volvió a perder el bebé (También preguntó el sexo de la masa viscosa
que salió de su útero y hubo alguno que le dijo que era una nena)
Ella le iba a poner su nombre.
Mi hermana aborto es menor que
yo. Tiene quizá unos 25 años y seguramente pertenece a esas asociaciones
religiosas como noviazgo en dios o el verdadero amor espera y es una de esas
personas que se esfuerza por agradar, pero de tanto hacerlo resulta
insoportable. No tiene novio. En ella casi no pienso, lo que sí, no paré de
llorar cuando leí un fragmento de “El orden alfabético” de Juan José Millás
cuando el protagonistas, impedido de asistir al entierro de su abuelo, decide
emprender el viaje hacia allá utilizando un diccionario. Cuando llega a la A de
aborto se topa con su hermana aborto que está contenida dentro de un frasco
quirúrgico. Ambos se miran asqueados. A él, ella le parece repugnante en su transparencia y para
ella, él luce demasiado acabado. No tienen nada de qué hablar salvo de la
familia y es una charla corta.
Mi madre se embarazó nuevamente:
mi madre tuvo contracciones a los siete meses. Nací yo. Cuando salieron de la
habitación de partos un médico le dijo: “Su niña no pasa de esta noche”.
Entonces ella se negó a usar la incubadora y la pasó conmigo, que estaba helada, como si aún no
entendiera que había ya que tomar la temperatura del mundo; me envolvió en tres
mantas, me cantó todas las canciones acumuladas de sus dos hijos muertos y me
calenté. No me morí. Me pusieron el nombre más impronunciable que encontraron.
Yo me embaracé una vez, yo perdí
el bebé.
Yo me embaracé de nuevo, yo perdí
un segundo bebé y empecé a acumular canciones. Entonces mi madre le preguntó al
ginecólogo el sexo de mi hijo aborto. Afortunadamente nadie le contesto.
He aprendido a usar el
diccionario.

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