Marilyn abraza a Arthur Miller y yo, asustada, me he reconocido en ese abrazo: apretado, desesperado, lleno de una paz golosa, de un vahído de nena segura. Un abrazo placentero y egoísta donde hay entrega y abandono. Marilyn abraza como un calamar y no hay fuerza en el mundo que pueda deshacer en ese instante esas delicadas cadenas de piel que asfixian y sujetan con urgencia tierna.

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